Del optimismo en los 60 al “pesimismo” fundamentado

Eduardo Farah

En los años 60 se veían noticieros con máquinas gigantes destruyendo bosques, con música heroica de fondo y voces que loaban el progreso, poco después empezaron a aparecer las primeras señales de una crisis en ciernes, como el libro Primavera silenciosa, que indicó el peligro del DDT en el medio ambiente, la película Cuando el destino nos alcance, la que fue premonitoria y más elaborado el reporte del Club de Roma que afirmaba que la Tierra no iba a alcanzar el pretendido desarrollo.

Las películas de un futuro horrendo como El día después de mañana, Mad Max, Interstellar, entre otras, incluyendo incontables escritos del género de ciencia ficción, que preveían mucho antes que los científicos los sucesos que venían.

Las noticias, las investigaciones y los hechos fueron demostrando que en realidad estamos viviendo en la sexta extinción, en este caso no provocada por un asteroide o vulcanismo, sino por los propios humanos. Por lo que se cambió el término holoceno de esta era por el de homoceno, o peor, plasticoceno. Y aparecieron “profetas”, científicos, como James Lovelock, Edward O. Willson, entre otros más, que anunciaban con fundamentos la hecatombe de Gaia que significa “El tejido de vida en el planeta”.

En estos momentos cualquier persona modestamente informada sabe del cambio climático, la desertificación, la contaminación del aire, tierra y agua, y la desaparición de especies de seres vivos (animales y plantas) a nivel global.

Uno pensaría que ante esta catástrofe anunciada los gobiernos con la voluntad de sus pueblos buscarían soluciones llamadas “sustentables”; ahorro de agua, energía y buscarían reducir el despilfarro de los recursos del planeta, inclusive, intentar reducir la población humana o dar campañas mayores de educación sexual y cuidando no producir químicos y plásticos que envenenan los ecosistemas.

Por ello, se han realizado importantes reuniones a nivel global, con muchas declaraciones de políticos, de las naciones unidas, de universidades, pero todo en vano, lo que se decide, es demasiado poco, demasiado tarde y además no suelen cumplirlo.