Tlacuaches y cacomixtles salen a las calles durante la cuarentena por COVID-19

El tlacuache y los cacomixtles son dos de las especies de Ciudad de México que se han adaptado a vivir en el entorno urbano y salen hacia la ciudad cada vez más debido a la disminución del tráfico en la capital mexicana derivada de la contingencia sanitaria por la Covid-19.

De acuerdo con datos de la Secretaría de Movilidad de Ciudad de México, desde que inició la contingencia, el tráfico ha disminuido hasta 77% respecto de los días con más tránsito de enero y febrero de 2020. Estos animales son predominantemente nocturnos. Ahora que las personas están en casa se pueden percatar de la presencia de estos animales, que salen más de día a buscar alimento.

El tlacuache (Didelphis virginiana) vive en las zonas cercanas a las reservas naturales. Su nombre proviene del náhuatl tlacuatzin (tla, que significa fuego, cua, mordisquear o comer y tzin que significa chico o pequeño) que significa “el pequeño que come fuego”, en referencia a una leyenda náhuatl. En muchas ocasiones a los tlacuaches se les confunde con ratas, pero son muy distintos, estos comen insectos y frutas, y ayudan a mantener en control algunas plagas.

Además durante esta temporada de primavera las hembras andan cargando a sus crías recién nacidas, buscando alimento, por lo que incluso aunque hubiese personas, sería más probable ver a estos animales buscando comida.

El cacomixtle (Bassariscus astutus) es un mamífero perteneciente a la misma familia que los los mapaches, olingos y coatíes. Es un ágil trepador, por lo que es posible verlo en los árboles, y en el pasado fue muy perseguido por su piel.

En la Ciudad de México hay registro de 83 especies de mamíferos, entre murciélagos y roedores, entre los que se encuentran estos animales. En la medida en que los humanos regresen a su actividad, estos animales también van a volver a ocultarse. Si encuentran uno en las calles lo mejor es llamar a brigada de vigilancia animal si están atrapados o necesitan ayuda.

Leyenda náhuatl del tlacuache

Hace muchos años no se conocía el fuego, las personas debían comerlo todo crudo, su vida era muy difícil. En las noches de invierno, cuando el frío descargaba sus rigores en todos los confines de la sierra, hombres, mujeres, niños y ancianos, padecían mucho. Sólo deseaban que las noches terminaran pronto para que el sol, con sus caricias, les diera el calor que tanto necesitaban.  La gente principal, se reunían a discutir sobre la forma de tener algo que les proporcionara calor y cociera sus alimentos.

Un día, el fuego se soltó de alguna estrella, y se dejó caer en la tierra provocando el incendio de varios árboles. Entonces los quinamentin (gigantes) de la montaña, enemigos de ellos, apresaron al fuego y no lo dejaron extinguirse. Nombraron comisiones que se encargaron de cortar árboles para saciar su hambre, porque el fuego era un insaciable devorador de plantas, animales y todo lo que se ponía a su alcance.

Para evitar que la gente pudieran robarles su tesoro, organizaron un poderoso ejército encabezado por el tigre. Varios pobladores hicieron el intento de robarse el fuego pero murieron acribillados por las flechas de sus enemigos.

Estando en una cueva, el venado, el armadillo y el tlacuache tomaron la decisión de proporcionar a los hombres tan valioso elemento, pero no sabían cómo hacer para lograr su propósito. Entonces, el sabio tlacuache, que era el más abusado de todos, declaró:

– Yo, el tlacuache, me comprometo a traer el fuego.

Hubo una burla general hacia el pobre animal. ¿Cómo iba a ser que ese animalito, tan chiquito, tan insignificante, tan falto de movilidad, fuera a traer el fuego? Pero éste, muy sereno, contestó así:

– No se burlen, como dicen por ahí, “más vale maña que fuerza”; ya verán cómo cumplo mi promesa. Sólo les pido una cosa, que cuando me vean venir con el fuego, entre todos me ayuden a alimentarlo.

Al atardecer, el tlacuache se acercó cuidadosamente al campamento donde tenian resguardado el fuego y se hizo bola. Así pasó siete días sin moverse, hasta que los guardianes se acostumbraron a verlo. En este tiempo observó que con las primeras horas de la madrugada, casi todos los guardianes se dormían. El séptimo día, aprovechando que sólo el tigre estaba despierto, se fue rodando hasta la hoguera. Al llegar, metió la cola y una llama enorme iluminó el campamento. Con el hocico tomó un brasa y se alejó rápidamente.

Al principio, el tigre creyó que la cola del tlacuache era un leño; pero cuando lo vio correr, empezó la persecución. Éste, al ver que el tigre le pisaba los talones, cogió la brasa y la guardó en su marsupia.

Pero la velocidad del tigre se impuso y alcanzándolo lo pisoteó, le machacó los huesos, lo sacudió y lo arrojó. Seguro de haberlo matado, regresó a cuidar el fuego. El tlacuache rodó y rodó, envuelto en sangre y fuego; así llegó donde la gente y los animales lo estaban esperando. Moribundo, desenroscó la cola y entregó el tizón,  los principales inmediatamente encendieron hogueras, y alimentaron al fuego por siempre.

El tlacuache fue nombrado el héroe de la humanidad, aquél que no tiene defensas naturales lo compensa con el uso de la inteligencia, desde aquél acto valiente todavía muestra la cola pelada.